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La sonda espacial de la Nasa Messenger orbitó Mercurio durante cinco años registrando y analizando su superficie de una manera muy rutinaria. Hasta que el 30 de abril del 2015, cuando llevó a cabo su última misión. Se precipitó contra el planeta más pequeño y oscuro del sistema solar.

Las últimas fotografías tomadas mostraron que la corteza de Mercurio presenta una gran concentración de grafito. El planeta más cercano al Sol apenas refleja la luz de sus rayos.

El impacto se produjo en la cara oculta del planeta, nadie pudo ver la gran nube de polvo gris que generó antes de transformarse en basura espacial. Aquella nube continúa viajando, repeliendo los rayos del Sol, mutando, única, irrepetible.

En 1999 la OTAN bloqueó el 70% del suministro eléctrico de la desaparecida Yugoslavia, disparó cuatro bombas de grafito. Bombas que estallan antes del impacto, provocando nubes de partículas de carbono que cortocircuitan cualquier mensaje.

El grafito es buen conductor de electricidad, lubricante, se emplea para hacer moldes, electrodos, escobillas y puede tallarse con facilidad. Cuando dibujas se pulveriza sobre la superficie, una parte se adhiere a ella, la otra se separa y se aleja en insignificantes nubes.
De vez en cuando, mi hija y yo visitamos un árbol de Guayacán que desde hace 15 años crece en el bastión de San Agustín del Viejo San Juan. Su copa es una imagen temporera alterada por la luz, la sombra y la brisa. Espesa y mullida, a ratos se esconde, a ratos levita. Instantes que pertenecen al pasado. Mi hija y yo los dibujamos.

Mientras tanto, yo sigo coleccionando nubes que desaparecen en un horizonte que nunca cambia.